jueves, 9 de septiembre de 2010

Para casa


Las alegrías, y las deportivas más, son efímeras; pueden durar más o menos, pero siempre se terminan. Ayer tocó a la selección de baloncesto (la de fútbol se llevó un correctivo el martes en el Monumental de Buenos Aires, pero tiene margen, de momento, ya que fue un amistoso).

Tras años de alegrías desbordantes, los cuartos de final del Mundial se convirtieron en una barrera insalvable. Serbia nos cerró la puerta en las mismas narices, a 3 segundos del final para ser más exactos. Pero esta vez, el final trágico se mascaba desde el salto inicial, por no hablar de las sensaciones experimentadas en la fase previa. La prensa y los aficionados hacen un análisis unánime: Serbia nos ganó porque fue mejor que nosotros. Se pueden analizar los hechos pero, en resumen, el ciclo (generación del 80) da coletazos y el relevo generacional no se ha puesto las pilas. Ricky y Marc son precisamente los damnificados del campeonato. Sin embargo, los jóvenes serbios parecen haber dado ese paso adelante ya. ¿Serán los nuevos dominadores del baloncesto continental, e incluso mundial? Puede. Pero hasta que no ganen algo, son humo.

Y a nuestra selección, ¿qué futuro le espera? Al igual que Rudy, quiero ser positivo; pero los mimbres los veo sueltos. Pau, Calderón, Navarro, Reyes y San Emeterio seguirán varios años, si es que vienen; Mumbrú, Garbajosa y Raül pueden haberse despedido de la selección en este campeonato; y el futuro: Ricky, Marc, Rudy, Llull, Vázquez, Claver, Suárez, Blanco, Aguilar, Triguero, Sergio, pues ustedes mismos. ¿Serán capaces de demostrar la clase que se les presupone? Los dos nuevos estandartes, Ricky y Marc, se han quedado en la arena de la playa de Omaha nada más poner el primer pie en tierra.

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